lunes, 14 de abril de 2014

Bajemos la guardia.


Mi maestro de Historia nos dejó de tarea escribir todo lo que veíamos en el camino de la casa a la escuela. Teníamos que observar todo lo que nos servía como referencias del camino para llegar a clases. Desde que dejó esa tarea, he estado observando todo lo que me rodea desde que salgo de mi casa hasta que llego a la escuela, y de regreso.
A unas casas de la mía, está la entrada de una unidad habitacional. Un día, iba pasando justo frente a ese acceso, cuando un auto que venía de la calle dio la vuelta para entrar a ese estacionamiento, sin disminuir la velocidad y, aparentemente, con la plena confianza de que nadie iba a pasar por ahí en ese momento. Casi me atropelló. Yo me enojé demasiado, y comencé a gritarle que yo tenía la preferencia de paso porque él (o ella) iba a cruzar mi banqueta. Le grité "¡pendeja!" sin fijarme bien si era hombre o mujer, y seguí caminando, enojada.
Otro día, cuando llegué a la parada del camión y tomé uno, casi me caigo al subir, porque el chofer aceleró de golpe sin permitirme sujetarme bien. Eso me enojó muchísimo, pero preferí ya no decir nada porque tenía prisa y no podía malgastar el tiempo discutiendo, además de que los choferes de camiones tienen la mala fama de ser muy agresivos y peleoneros. En el camino a mi parada, venía peleándose con un taxista por ocupar el carril de la izquierda, casi ocasionando un choque. Otra tarde, llegué a mi parada, caminé un poco hacia el Metrobús (transporte de la Ciudad de México), que estaba testo de gente. Por alguna razón no llegaba el Metrobús, y la gente comenzaba a inquietarse y a reclamar por la lentitud del servicio. Cuando al fin llegó, la gente empujaba para entrar, sin dejar salir a los de adentro, aplastando a quienes estábamos al centro. Recuerdo incluso que una señora se cayó, y la gente la pisaba accidentalmente. Al fin pudimos abordar el Metrobús, pero nos retardamos aun más por una de las puertas: no podía cerrarse por la cantidad de gente que había. La vigilante de la estación tuvo que ayudar desde afuera a cerrarla. Al fin avanzó el Metrobús.
A los diez minutos llego a la estación donde bajo, después de pasar por otras nueve estaciones. Otro día, fue un lío salir del camión porque todos los que estaban afuera se empeñaban en entrar antes de dejarnos salir a los de adentro. Muchas mujeres se quejaron y se dijeron de cosas unas a otras. Al fin me liberé, aunque el enojo persistió hasta que llegué a la escuela. El puente que debo cruzar para llegar a la avenida me causa muchos enfados seguido, porque hay muchos vendedores ambulantes estorbando el paso, sumándose a las personas que se quedan a medio pasillo, checando su celular o platicando. Un día, cuando por fin me dejaron pasar todos los que estorban, tomé un taxi porque se me estaba haciendo un poco tarde. El taxista tenía el estéreo a todo volumen, haciendo retumbar los vidrios. Casi gritándole le indiqué a dónde nos dirigíamos. Sus modos bruscos de conducir me crisparon mucho, además de que noté que su taxímetro marcaba la nueva cantidad antes de llegar al tiempo establecido.
Le pedí que diera vuelta en una calle de doble sentido poco conocida para acortar el camino. Cuando entramos a esa calle, todos los coches venían en sentido contrario, pero yo sabía bien que era de doble sentido. Sin embargo, el taxista no, por lo que me dijo de manera demasiado grosera "¿y sí es doble sentido, niña?", así que mi contestación fue igual de grosera. Cuando llegamos, le entregué un billete para que me diera cambio, y me devolvió unas monedas demasiado pequeñas, pero creí que eran las nuevas de ¢50. Cuando vi bien, noté que todas eran de ¢10, por lo que me dio mucho menos de lo que debió darme. No pude evitar pensar que era un "pinche tranza".
Lamentablemente, así son casi todos mis días. Desde que salgo de mi casa estoy enojándome con la gente, desquitándome con otras personas y provocando más disturbios. Y lo peor es que no soy la única. Noto que todo mundo siempre está de malas, compulsado, sintiendo que todo mundo le quiere atacar. Y no solo en la calle: en casa o en la escuela luego estoy enojándome con mi familia o con mis compañeros por cosas que, vistas después, realmente son tonterías. Siempre estoy tratando a todos como si estuvieran atacándome. Siempre estamos defendiéndonos cuando nos "atacan" los demás.
¿Qué nos cuesta ser un poco más tolerantes y amables? ¿Qué nos cuesta ser más solidarios? ¿Qué nos cuesta bajar la guardia y entender y ayudar al otro?

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