Siempre que alguien entra en nuestra vida lo hace sin avisar. De repente, ya está ahí, y ya es parte de nosotros, inesperadamente. Nunca supimos realmente en qué momento se coló o en qué momento decidió quedarse dentro de nosotros. Nunca nos dicen "oye, esta persona va a conocerte tal día en tal lugar y va a formar parte de tu vida de ahí en adelante".
Bueno, casi nunca.
Estoy en una sala de espera. Ya estoy ansiosa porque sé que pronto será mi turno. Han pasado ya ocho turnos en los que no pasó nadie, sino pasó algo.
El primer turno fue el más difícil: la aceptación y el anuncio de la buena nueva a los demás.
En el segundo turno fue el más revolucionario: dejar de hacer todo lo que se estaba haciendo, inconformidades y frustraciones incluidas, comenzar a hacer cosas que solo beneficien lo que pasará en el turno nueve y la llegada de alguien nuevo a la casa, esperando también la novena llamada, y procurando que se tenga todo lo necesario cuando llegue.
Los demás turnos han sido más o menos lo mismo: un cambio gradual y casi imperceptible, aunque notorio cuando se compara el turno tres con el siete. Aunque en el turno cuatro ocurrió lo que sería la primer información reveladora y concientizadora de lo que está pasando: su nombre será Aura.
Desde ese momento, todo gira alrededor de ella: lo que pasa, lo que no pasa, lo que hace la mamá, lo que no hace, cómo se siente... Todo repercute en la pequeña Aura.
Durante cuatro turnos se creyó que vendría un guapo muchachito llamado Bruno. Pero cuando la futura abuela me avisó que sería una hermosa nena llamada Aura, me fue imposible contener las lágrimas de felicidad y pensar de nuevo en aquella casita de muñecas que tan maravillosa encontraba de niña. Ahora sería de mi pequeña Aura, Bebé.
Nunca me habían avisado que alguien nuevo entraría en mi vida, hasta ahora. Y creo que entiendo por qué: las ansias me comen viva. Ya quiero conocerla, verla sonreír, que extienda sus bracitos hacia mí cuando la vaya a cargar, contarle cuentos, comprarle dulces a escondidas de su mamá, y demostrarle todo mi amor siempre. Ya no aguanto las ganas de verla por primera vez.
Es muy raro cómo a una persona que todavía ni conoces ya la amas. Nunca había tenido tantas ganas de conocer a alguien como hasta ahora.
Me vienen a la mente las típicas preguntas: ¿se parecerá a la mamá o al papá? ¿qué signo zodiacal será? ¿de qué color saldrá su piel? ¿será bonita o fea? —estas últimas dos son aporte del futuro abuelo, cuando le pregunté "¿cuál es la primer pregunta que se te viene a la mente cuando piensas en Aura?"—. Pero también vienen preguntas más serias —o, al menos para mí, son muy preocupantes—: ¿Y si no le caigo bien? ¿Y si no me quiere? ¿Y si no puedo verla tan seguido como yo quisiera? ¿y si yo no soy tan importante para Aura como ella lo es para mí?
La sala de espera está tensa y ansiosa. Todos estamos esperando el turno nueve. Nunca pensamos que llegara tan rápido, aun habiéndolo esperado impacientemente.
Algo que me resulta bastante curioso es que, para ella, siempre seremos parte de su vida. A lo que me refiero es que siempre habremos estado ahí, alrededor de ella, como si siempre hubiéramos existido. En cambio, todos nosotros ya tenemos una vida sin ella. Todos hemos vivido cosas buenas y malas, tomado correctas o erróneas decisiones. Su mamá y su papá ya han tenido experiencias juntos sin ella.
Es como cuando mis papás me cuentan su vida antes de mi llegada. Generalmente me van contando qué hacían a mi edad, porque se van acordando conforme me ven crecer. Pero dentro de mí hay algo que no me permite creer del todo lo que dicen. Me resulta inconcebible que yo no he estado siempre en su vida, y que solo soy una parte de ella. Claro, entiendo que no porque apenas llevo unos años con ellos soy menos importante. Incluso entiendo que soy de las cosas más importantes que han tenido. Pero sigue siéndome raro que ellos tengan tantos años detrás de mí.
Supongo que eso le pasará a Aura. Pero también se dará cuenta lo importante que es para todos nosotros, incluso desde antes de nacer.
Aura tendrá dos tías: una por parte de la mamá y otra paterna. La hermana de mi cuñado ya tiene dos pequeños, con quien presumo que Aura se llevará muy bien, sobre todo con la chiquita de dos años, Ximena. Por mi parte no tiene primos. Digo, apenas tengo 16 años. Y bien dicen por ahí que "a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos". Espero que este no sea el caso, pero es muy pronto para querer desechar esa situación. En fin, el tiempo dirá.
Yo solo sé que amo con todo mi ser a la pequeña Aura. Y que el turno nueve ya está muy próximo.
lunes, 28 de abril de 2014
lunes, 14 de abril de 2014
Bajemos la guardia.
Mi maestro de Historia nos dejó de tarea escribir todo lo que veíamos en el camino de la casa a la escuela. Teníamos que observar todo lo que nos servía como referencias del camino para llegar a clases. Desde que dejó esa tarea, he estado observando todo lo que me rodea desde que salgo de mi casa hasta que llego a la escuela, y de regreso.
A unas casas de la mía, está la entrada de una unidad habitacional. Un día, iba pasando justo frente a ese acceso, cuando un auto que venía de la calle dio la vuelta para entrar a ese estacionamiento, sin disminuir la velocidad y, aparentemente, con la plena confianza de que nadie iba a pasar por ahí en ese momento. Casi me atropelló. Yo me enojé demasiado, y comencé a gritarle que yo tenía la preferencia de paso porque él (o ella) iba a cruzar mi banqueta. Le grité "¡pendeja!" sin fijarme bien si era hombre o mujer, y seguí caminando, enojada.
Otro día, cuando llegué a la parada del camión y tomé uno, casi me caigo al subir, porque el chofer aceleró de golpe sin permitirme sujetarme bien. Eso me enojó muchísimo, pero preferí ya no decir nada porque tenía prisa y no podía malgastar el tiempo discutiendo, además de que los choferes de camiones tienen la mala fama de ser muy agresivos y peleoneros. En el camino a mi parada, venía peleándose con un taxista por ocupar el carril de la izquierda, casi ocasionando un choque. Otra tarde, llegué a mi parada, caminé un poco hacia el Metrobús (transporte de la Ciudad de México), que estaba testo de gente. Por alguna razón no llegaba el Metrobús, y la gente comenzaba a inquietarse y a reclamar por la lentitud del servicio. Cuando al fin llegó, la gente empujaba para entrar, sin dejar salir a los de adentro, aplastando a quienes estábamos al centro. Recuerdo incluso que una señora se cayó, y la gente la pisaba accidentalmente. Al fin pudimos abordar el Metrobús, pero nos retardamos aun más por una de las puertas: no podía cerrarse por la cantidad de gente que había. La vigilante de la estación tuvo que ayudar desde afuera a cerrarla. Al fin avanzó el Metrobús.
A los diez minutos llego a la estación donde bajo, después de pasar por otras nueve estaciones. Otro día, fue un lío salir del camión porque todos los que estaban afuera se empeñaban en entrar antes de dejarnos salir a los de adentro. Muchas mujeres se quejaron y se dijeron de cosas unas a otras. Al fin me liberé, aunque el enojo persistió hasta que llegué a la escuela. El puente que debo cruzar para llegar a la avenida me causa muchos enfados seguido, porque hay muchos vendedores ambulantes estorbando el paso, sumándose a las personas que se quedan a medio pasillo, checando su celular o platicando. Un día, cuando por fin me dejaron pasar todos los que estorban, tomé un taxi porque se me estaba haciendo un poco tarde. El taxista tenía el estéreo a todo volumen, haciendo retumbar los vidrios. Casi gritándole le indiqué a dónde nos dirigíamos. Sus modos bruscos de conducir me crisparon mucho, además de que noté que su taxímetro marcaba la nueva cantidad antes de llegar al tiempo establecido.
Le pedí que diera vuelta en una calle de doble sentido poco conocida para acortar el camino. Cuando entramos a esa calle, todos los coches venían en sentido contrario, pero yo sabía bien que era de doble sentido. Sin embargo, el taxista no, por lo que me dijo de manera demasiado grosera "¿y sí es doble sentido, niña?", así que mi contestación fue igual de grosera. Cuando llegamos, le entregué un billete para que me diera cambio, y me devolvió unas monedas demasiado pequeñas, pero creí que eran las nuevas de ¢50. Cuando vi bien, noté que todas eran de ¢10, por lo que me dio mucho menos de lo que debió darme. No pude evitar pensar que era un "pinche tranza".
Lamentablemente, así son casi todos mis días. Desde que salgo de mi casa estoy enojándome con la gente, desquitándome con otras personas y provocando más disturbios. Y lo peor es que no soy la única. Noto que todo mundo siempre está de malas, compulsado, sintiendo que todo mundo le quiere atacar. Y no solo en la calle: en casa o en la escuela luego estoy enojándome con mi familia o con mis compañeros por cosas que, vistas después, realmente son tonterías. Siempre estoy tratando a todos como si estuvieran atacándome. Siempre estamos defendiéndonos cuando nos "atacan" los demás.
¿Qué nos cuesta ser un poco más tolerantes y amables? ¿Qué nos cuesta ser más solidarios? ¿Qué nos cuesta bajar la guardia y entender y ayudar al otro?
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martes, 8 de abril de 2014
Ana y Mía.
Cuando nací, todo mundo creyó que yo sería la gordita chaparrita de la familia. Y, en efecto, así fue hasta los seis años, más o menos. De repente, mi cuerpo se estiró, haciéndome más alta que mi hermana mayor, incluso. Con ese estirón no vino un aumento de peso proporcional, por lo que adelgacé a un punto que me veía... Mal. Mi cara estaba demacrada, marcándose demasiado los pómulos y notándose demasiado delgado el cuello. Mis muslos al fin se separaron. Fue la primera vez que me sentí —y vi— las costillas. Sinceramente, no me había importado mucho este cambio hasta que mis papás y toooodos los adultos que le dicen a tus padres cómo educarte comenzaron con sus ideas de desnutrición y suplementos alimenticios y esas cosas. Mi mamá me hacía tomar una bebida llamada Ensure, que sabía asquerosa, aun siendo sabor chocolate. Lo peor de todo era que no solo los adultos notaron ese cambio en mí. Mis compañeros de la escuela fueron los primeros en decirme literalmente que me veía muy mal estando tan flaca. Ahí se juntó el hambre con la necesidad: en aquella época estaba el auge de la anorexia y la bulimia. Mucha gente no comprendía bien de qué trataban las enfermedades. Veían a cualquier flaca y de inmediato la catalogaban como anoréxica y bulímica. Bueno, eso ocurrió conmigo. Comenzaron los comentarios de "ya come, estás muy flaca" —que siguen hasta la fecha, por cierto—, "deja de vomitar, Mía" y demás parecidos. Esto me molestaba demasiado porque yo no tenía esas enfermedades. Yo había enflacado como parte de mi crecimiento y punto. Incluso pensaba "¿Cómo es que me dicen esas cosas si soy la que más participa y juega en Educación Física?". Aquello sí llegaba a afectarme, a tal punto que un día intenté seguir exactamente la dieta de mi hermana. "Pues quiero estar gordita otra vez". Lo que yo no tomé en cuenta fue que ella estaba en el equipo de basketball de la escuela, su metabolismo era muy diferente al mío y tiene tres años más que yo. Al segundo día dejé de comer todo lo que ella comía, ya no pude.
O sea que me pasaba lo contrario que a todas las anoréxicas bulímicas: me llamaban flaca y yo comía y comía para engordar. Solo que nunca pude engordar a partir de ahí. Incluso ahora, mi constitución física es muy delgada. Pero no me veo anoréxica. Ya tengo relleno el rostro, y unas largas piernas que me gustan, porque no están pegadas al hueso, además de una fina cintura.Ese tema de la anorexia y la bulimia quedó terminado para mí en cuanto lo concluimos en la secundaria porque no tengo ninguna amiga —o amigo— enfermos. Recuerdo una vez que me enojé muchísimo con una compañera porque le pareció muy fácil y divertido publicar en las redes sociales "mis únicas amigas: Ana y Mía", cuando todos sabíamos bien que ella no tenía ningún problema sobre eso. Sí le hice saber lo molesto y, sobre todo, lo tonto que era ver que a una niña de 12, 13 años le gustara jugar con eso. "Ay, tengo diabetes, yupi". "Me diagnosticaron alcoholismo. Debo correr a presumirlo a la redes sociales". A cuántos adolescentes no se les ha visto haciendo eso. Me parece de lo más estúpido querer llamar la atención con esas cosas.
Y todo este asunto de Ana y Mía lo retomo porque hoy fue una mala noche de insomnio. Mi red social favorita es Twitter (síganme: @OyeBasurto), así que revisé la página principal por milésima vez en esta noche. Y de repente, vi que una de mis following había retuiteado una foto de @MiAliviamiser, con el pie de imagen "Esto". La foto es la siguiente:
¿Cuántas personas no habrán caído en esto solo por moda, o por encajar?
Mientras escribo esto, recuerdo el caso de una campaña sobre la anorexia a la que se le salió el tiro por la culata.
Comenzaron a llenarse las redes sociales de este tipo de fotos, mayoritariamente Twitter, con la etiqueta #BikiniBridge. Las fotos eran de este estilo:
Incluso fotos así también entraron a la exposición:
Harry Styles es de las personas más famosas de nuestros tiempos, junto con sus compañeros Zayn Malik,Liam Payne,Louis Tomlinson,Niall Horan y Josh Devine, siendo el último el baterista y el resto los vocalistas del grupo One Direction (referido también como 1D). Su género Pop atrae principalmente a mujeres, chicas jóvenes. Chicas que pueden no tener ninguna idea anoréxica o bulímica pero adoran y veneran demasiado a estos chicos.
Bueno, pues Harry Styles, quien evidentemente no estaba enterado del verdadero propósito de estas fotos, tuvo la brillante idea de subir una imagen del famoso Bikini bridge a Twitter con el pie de foto "Nothing hotter than girls with #BikiniBridge" (Nada más sensual que las chicas con Bikini bridge, en español).
Según tengo entendido, incluso las novias de los chicos de 1D han recibido amenazas de muerte por parte de la ola de fans del grupo. Si las chicas se han atrevido a hacer ese tipo de cosas, no me imagino la cantidad de señoritas que en este momento están matándose de hambre, excediéndose en ejercicio físico o quemándose el esófago de tanto vomitar —por mencionar algunas de las cosas que suelen hacer— solo para ser la idea de sexy del chico de sus sueños. O por moda.
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domingo, 6 de abril de 2014
Publicidad impactante.
Hace unos días, de regreso de la escuela, me encontré en el transporte público con lo que, a mi parecer, ha sido la publicidad más impresionante que he visto.
Era un letrero pequeño, pero legible. Sin ninguna ilustración, y con una combinación de colores sobrios como azul, blanco y negro, rezaba la leyenda de "Interrupción legal del embarazo". De inmediato me desagradó eso, ya que yo no apoyo en lo absoluto el aborto. Sin embargo, debajo de ese letrero, había otro más pequeño. "Estás en contra hasta que lo necesitas".
Es el día que no puedo sacarme de la cabeza esa frase, y mucho menos puedo dejar de sentir un miedo terrible.
Yo, personalmente, estoy en contra del aborto. Me parece tan medieval y cruel el matar a alguien solo porque uno no sabe responsabilizarse de sus calenturas. ¿Cómo esperan que una señorita se haga una mujer hecha y derecha si va a matar a alguien solo porque no supo cerrar las piernas? Me resulta de lo más infantil irse por la vía fácil. Aunque, a veces, no tan fácil. Es muy cómodo para muchas chicas pensar "Bueno, papi paga el aborto", y se van como si nada a seguir "viviendo la vida loca". "YOLO", ¿no?
Pero ¿qué pasa con las niñas que no pueden llegar con papi rico a decirle "oye, necesito sacarme el hijo"? ¿A dónde van? Con un carnicero, literalmente.
Es muy triste enterarse de niñas que han decidido no tener a su bebé y terminan peor en el intento. No pueden pagarse un profesional —si es que hay algo de profesionalismo en el hecho de matar a alguien—, por lo tanto, acuden a sus clínicas clandestinas, ganándose muchas infecciones, complicaciones, y hasta la esterilidad.
Y sí, como menciona el anuncio, muchas de ellas estaban en contra de eso hasta que un día ya no les bajó la regla.
¿Suena cruel, no? A mí me es inconcebible cómo alguien pueda cambiar tan rápido sus valores solo para "salvarse". Cómo mujeres que parecen muy maduras y seguras de sí mismas regresan a la incertidumbre de la adolescencia solo porque no supieron qué iba a pasar con ese "ay, no creo que pase nada".
"Estás en contra hasta que lo necesitas".
Yo seguiría estando en contra aunque me pasara en estos momentos. No podría atreverme a matar algo tan mío, algo tan indefenso e inocente. La criatura no tiene la culpa de mis malas decisiones.
Chicas, recapaciten. Hay que decidir si se quiere tener hijos antes de abrir las piernas y no después.
Cuando le mencioné mi opinión a un amigo, me planteó "O sea que, si la chica sufrió una violación, también debe tener al hijo y quererlo aunque cada que lo vea se acuerde del rostro de quien le hizo eso, según lo que estás diciendo". Ahí, he de reconocer, me quedé pensando muy seriamente. Primero que nada, ha de ser lo más terrible pasar por una situación así. Me pongo en los zapatos de las personas que han corrido con esa suerte —¡Já! "Suerte"— y es inevitable que se me forme un nudo en la garganta. Pero ya se sabe na efectividad de las pastillas del día después. Sé que hay una ineficacia del 1%, lo sé, lo sé. Pero mientras no hagan lo posible anteriormente para evitar el aborto, yo no les tendría mayor consideración.
Conozco también los casos en los que un embarazo deseado se complica a tal punto que se debe decidir si se salva a la madre o al hijo. Muchos médicos argumentan que es mejor salvar a una madre de familia, que tal vez ya tiene hijos o podrá tenerlos más adelante, que salvar a una criatura que solo viene a vérselas difícil. Entiendo ese punto e, incluso, lo apoyo.
Pero en otras circunstancias, me parecen personas tan débiles de carácter y faltas de responsabilidad y madurez.
Era un letrero pequeño, pero legible. Sin ninguna ilustración, y con una combinación de colores sobrios como azul, blanco y negro, rezaba la leyenda de "Interrupción legal del embarazo". De inmediato me desagradó eso, ya que yo no apoyo en lo absoluto el aborto. Sin embargo, debajo de ese letrero, había otro más pequeño. "Estás en contra hasta que lo necesitas".
Es el día que no puedo sacarme de la cabeza esa frase, y mucho menos puedo dejar de sentir un miedo terrible.
Yo, personalmente, estoy en contra del aborto. Me parece tan medieval y cruel el matar a alguien solo porque uno no sabe responsabilizarse de sus calenturas. ¿Cómo esperan que una señorita se haga una mujer hecha y derecha si va a matar a alguien solo porque no supo cerrar las piernas? Me resulta de lo más infantil irse por la vía fácil. Aunque, a veces, no tan fácil. Es muy cómodo para muchas chicas pensar "Bueno, papi paga el aborto", y se van como si nada a seguir "viviendo la vida loca". "YOLO", ¿no?
Pero ¿qué pasa con las niñas que no pueden llegar con papi rico a decirle "oye, necesito sacarme el hijo"? ¿A dónde van? Con un carnicero, literalmente.
Es muy triste enterarse de niñas que han decidido no tener a su bebé y terminan peor en el intento. No pueden pagarse un profesional —si es que hay algo de profesionalismo en el hecho de matar a alguien—, por lo tanto, acuden a sus clínicas clandestinas, ganándose muchas infecciones, complicaciones, y hasta la esterilidad.
Y sí, como menciona el anuncio, muchas de ellas estaban en contra de eso hasta que un día ya no les bajó la regla.
¿Suena cruel, no? A mí me es inconcebible cómo alguien pueda cambiar tan rápido sus valores solo para "salvarse". Cómo mujeres que parecen muy maduras y seguras de sí mismas regresan a la incertidumbre de la adolescencia solo porque no supieron qué iba a pasar con ese "ay, no creo que pase nada".
"Estás en contra hasta que lo necesitas".
Yo seguiría estando en contra aunque me pasara en estos momentos. No podría atreverme a matar algo tan mío, algo tan indefenso e inocente. La criatura no tiene la culpa de mis malas decisiones.
Chicas, recapaciten. Hay que decidir si se quiere tener hijos antes de abrir las piernas y no después.
Cuando le mencioné mi opinión a un amigo, me planteó "O sea que, si la chica sufrió una violación, también debe tener al hijo y quererlo aunque cada que lo vea se acuerde del rostro de quien le hizo eso, según lo que estás diciendo". Ahí, he de reconocer, me quedé pensando muy seriamente. Primero que nada, ha de ser lo más terrible pasar por una situación así. Me pongo en los zapatos de las personas que han corrido con esa suerte —¡Já! "Suerte"— y es inevitable que se me forme un nudo en la garganta. Pero ya se sabe na efectividad de las pastillas del día después. Sé que hay una ineficacia del 1%, lo sé, lo sé. Pero mientras no hagan lo posible anteriormente para evitar el aborto, yo no les tendría mayor consideración.
Conozco también los casos en los que un embarazo deseado se complica a tal punto que se debe decidir si se salva a la madre o al hijo. Muchos médicos argumentan que es mejor salvar a una madre de familia, que tal vez ya tiene hijos o podrá tenerlos más adelante, que salvar a una criatura que solo viene a vérselas difícil. Entiendo ese punto e, incluso, lo apoyo.
Pero en otras circunstancias, me parecen personas tan débiles de carácter y faltas de responsabilidad y madurez.
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